dijous, 8 de setembre del 2011

Sueños que matan y muros inútiles


Cada vez empiezan su trágico viaje desde más abajo. Primero fue Marruecos, luego Mauritania, ahora Senegal. Cuanto más lejos botan las pateras, más posibilidades de morir. Mientras tanto, nosotros levantamos vallas, ponemos patrulleras, reclamamos la presencia de la Armada, pedimos a la Unión Europea que haga algo. Pero todos los esfuerzos represivos y defensivos parecen inútiles: es como intentar contener el agua del mar entre las manos. Europa es un castillo fatalmente sitiado, una pequeña isla en mitad de un océano de desesperanza. ¿Alguien cree de verdad que podemos defendernos de su necesidad? Son muchos, cada día son más y están dispuestos a intentarlo una y otra vez hasta perder la vida. Que es lo único que tienen. O casi lo único.

África es un continente trágico y en muchos sentidos agonizante. La sequía que actualmente padece ha agravado una situación ya de por sí límite y ocho millones de personas corren un riesgo crítico de morir de hambre. Sin duda los inmigrantes vienen espoleados por la miseria y la hambruna, pero no es sólo eso lo que les moviliza. Porque estos sórdidos viajes hacia las costas españolas suelen costar bastante dinero: al parecer, y dependiendo del barco y de la ruta, cada individuo paga entre 600 y 3.500 euros al traficante. Son sumas respetables, sobre todo en el contexto africano. En los pueblos de origen de donde provienen los inmigrantes tal vez hubieran podido invertir ese dinero en otra cosa. En el comienzo de un pequeño negocio, por ejemplo. No, no es sólo el hambre, ni la necesidad más elemental, lo que hace que estos desheredados de la Tierra se lancen a una aventura tan peligrosa. Yo creo que lo que de verdad les mueve es el ideal, el sueño rutilante del paraíso europeo, el brillo cegador de nuestra confortable sociedad de ricos, tal y como la adivinan en la televisión y en las películas.

Lo cuenta muy bien Sandor Marai en la que posiblemente sea su mejor obra, ¡Tierra, tierra! (Ed. Salamandra), un fascinante libro de memorias en el que relata tres años de su vida, de 1945 hasta 1948, es decir, desde que Hungría fue invadida por los soviéticos, al final de la Segunda Guerra Mundial, hasta que Marai abandonó su país y marchó al exilio. Explica el escritor que, cuando las tropas rusas entraron en su pueblo, un grupo de soldados se instaló a vivir en su casa de antiguo burgués. Eran chicos muy jóvenes, nacidos y crecidos en el régimen soviético. Y dice Marai que lo que más les interesaba de todo cuanto él poseía era un ejemplar antiguo de la revista norteamericana Esquire. “Lo tenían constantemente al alcance de la mano y lo hojeaban sin parar en su tiempo libre, incluso llegaban rusos alojados en otras casas y se lo arrebataban a los nuestros”. Los soldados, claro, no entendían inglés; cuando se embebían durante horas en la contemplación de la ajada revista era para disfrutar de los anuncios publicitarios, de “las neveras eléctricas, zapatos de caballero de ante, raquetas de tenis último modelo, joyas extravagantes”. Embriagadoras fotos del paraíso.

Al cabo, con el tiempo, el régimen socialista se derrumbó por eso. Cuando cayó el muro de Berlín yo estaba por allí haciendo un reportaje para este periódico. De la noche a la mañana, los supermercados orientales, antes lastimosamente vacíos, se llenaron con los productos occidentales, empaquetados con alegres colorines y tan vistosos como regalos navideños. Entre los pasillos de una tienda vi a una mujer de unos sesenta años que empujaba un carro vacío. “¿Qué le parece la caída del Muro?”, le pregunté. “Algo maravilloso. Mire todas las cosas que hay ahora, y antes no teníamos nada”, contestó. Pasándome de lista, argüí: “¿Y de qué le sirve que haya tantas cosas, si ahora no dispone de dinero para adquirirlas?”. Y ella dijo: “Es cierto, ahora no tengo dinero, pero las cosas están ahí, a mi alcance, y puedo soñar con comprarlas mañana”. Entonces entendí el fracaso del sistema socialista: se hundió porque impedía soñar, y los sueños, ya sean grandiosos o ridículos, forman parte esencial del ser humano.

Son esas quimeras, esa visión de un mundo sin duda mejor que el suyo, pero al que además la distancia dota de un carácter edénico, lo que envenena a los inmigrantes africanos. O, con palabras de Marai, en Europa “ven lo posible más allá de lo indispensable”, un horizonte ubérrimo que les vuelve locos. Seguirán viniendo y seguirán muriendo, porque la historia ha demostrado que no hay muro capaz de contener los sueños.


Rosa Montero

divendres, 11 de març del 2011

Petita reflexió

El ciudadano, siempre activo, suda, se agita, se atormenta sin cesar en busca de ocupaciones aún más laboriosas: trabaja hasta la muerte, corre incluso a ella para ponerse en condiciones de vivir, o renuncia a la vida para adquirir la inmortalidad. Corteja a los grandes que odia y a los ricos que desprecia; no escatima nada para obtener el honor de servirles; se jacta orgullosamente de su bajeza y de la protección de ellos y, orgulloso de su esclavitud, habla con desdén de los que no tienen el honor de compartirla.

 Jean-Jacquess Rousseau

divendres, 21 de gener del 2011

incorregiblement optimista


Bé cal que les històries continuïn. No sé a causa de què o gràcies a qui va passar això. Ni si les estrelles hi tenen alguna cosa a veure o l'atzar o la nostra voluntat o el nostre desig, o si algú, en algun lloc, es diverteix estirant fils i s'hi enreda. En realitat m'era igual tenir una explicació. Era feliç.


El Club dels optimistes incorregibles

divendres, 7 de gener del 2011

Siddhartha (II)

Va arribar al riu i va demanar al vell si el portava i, en baixar del bot a l'altre marge, li va dir:
- Ens demostres molta bonesa a nosaltres, monjos i pelegrins, ja n'has portat molts de banda a banda. No ets tu també, barquer, un cercador de la veritable sendera?
Siddhartha va parlar-li amb un somrís als seus ulls envellits:
- T'anomenes cercador, oh honorable, però no tens ja molts anys i portes el vestit dels monjos de Gotama?
- Prou que en sóc, de vell - va dir Govinda -, però no he deixat mai de cercar. Mai no deixaré de fer-ho, deu ser el meu destí. També tu has cercat, així m'ho sembla. Vols dir-me algunes paraules, venerable?
- Què puc tenir jo a dir-te, honorable? - va fer Siddhartha -. Potser cerques massa? Que, de tant cercar, no arribes a trobar?
- Com ho veus tu? - va demanar-li Govinda.
- Quan algú busca - va contestar Siddhartha -, és fàcil que els seus ulls vegin només el que està buscant i no sigui capaç de trobar res, ni estigui obert a res, perquè només està pensant en allò que busca, perquè té un objectiu i està posseït per ell. Cercar vol dir: tenir un objectiu. Trobar, en canvi, vol dir: ser lliure, estar obert i no tenir-ne cap, d'objectiu. Tu, honorable, potser ets un cercador de debò perquè, en esforçar-te per haver la teva meta, no veus certes coses que són davant els teus ulls.

Hermann Hesse

dijous, 9 de desembre del 2010

Siddhartha

Una vegada, ell li va dir:
- Tu ets com jo, ets diferent de la majoria de persones. Ets Kamala i res més, i dintre teu tens una pau i un refugi on pots acudir sempre, i trobar-hi la teva llar, com jo també ho puc fer. Poques persones tenen això, bé que tots ho podrien tenir.
- No tothom és intel·ligent - va dir Kamala.
- No - replicà Siddhartha -, aquesta no és la causa. Kamaswami és tan intel·ligent com jo i no té cap refugi interior. D'altres el tenen i, d'enteniment, són com infants petits. La majoria de persones, Kamala, són com una fulla que cau, que oneja i gira amb el vent, i canvia de direcció i cau cargolant-se a terra. N'hi ha d'altres, però són els pocs, que són com els estels i segueixen una via fixa, no els arriba cap vent, al seu interior reposa la seva llei i la seva òrbita.

Hermann Hesse